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Las
relaciones entre Molière
y Lully fueron cuando
menos equívocas: la
historia ha documentado
abundantemente los desencuentros
entre el mayor comediógrafo
en lengua gala y el
creador de la ópera
francesa.
Bajo los destellos flamígeros
que emitía Luis XIV,
el monarca bailarín
y protector de las artes,
Jean Baptista Poquelin
(Molière) y el antiguo
paje florentino, Lully,
hubieron de coincidir
en varias empresas conjuntas.
Se les daban títulos
híbridos que testimonian
el a veces incómodo
maridaje ordenado por
el Rey Sol: pastoral
en música, pastoral
heroica, tragedia-ballet
o comedia-ballet.
A este último
rubro pertenece esta
verdadera apoteosis
de lo jocoso y lo musical
que es El burgués Gentilhombre.
Las extraordinarias
peripecias del nuevo
rico Jourdain, aconsejado
por profesores de música,
baile, esgrima y filosofía,
por intentar convertirse
en gentilhombre, casar
a su hija con un noble,
tener él mismo una amante
aristócrata, ser bailarín,
cantante y seductor,
para escándalo y burla
de su sensata esposa,
acaban en una de las
mascaradas más grandes
de la historia del teatro:
la transformación del
burgués en dignatario
mahometano, coronado
por el exotismo musical
de Lully.
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